Sobrevivimos desde nuestra subjetividad 

Zeba caminaba escondida debajo de su burka, y miraba en una esquina a hombres discurriendo y riendo a carcajadas. Disfrutaban entre ellos. Sabía con mucha precisión que ellas nunca podrían hacer lo mismo.

Caminaba asustada para que no la descubrieran porque si la veían la iban a castigar en la misma calle hasta dejarla herida y sangrando sola. La ley de violencia hacia las mujeres había sido aprobada la semana pasada.

Cuando Masha protestaba en las manifestaciones en contra del velo, siempre llevaba uno en su cartera. En la rebelión, se había cortado el pelo (estaba prohibido) y si se producía una corrida, tenía su refugio que era volverse a poner el velo y pasar desapercibida para que no la encarcelaran y torturaran.

Mi niño estaba allí, en el suelo lleno de escombros y con una herida en la frente. El bombardeo había ocurrido unos minutos antes y tardé en recomponerme, quedé aturdida y mareada. Estábamos protegidos, pero no bastó. A ellos nada les resulta imposible. Para nosotras todo es imposible. No quería tener hijos, no sentía la necesidad de ser madre, eso era imposible de pensarlo, yo lo creía así, me obligaron porque estaba en el mundo solo para eso: ser una incubadora permanente. Volví a mí y levanté en mis brazos a Ali. Mi congoja era absoluta al ver a mi pequeño en ese estado. De esta manera pasamos meses, años bajo el fuego de las bombas. Para conseguir comida para los dos tenía que dejarme violar con el peligro de quedar embarazada y nuevamente, encontrarme en una situación no querida y desesperante.

Me levanto temprano para ir a la facultad. Afuera hace mucho frío, la calefacción de mi casa me alcanza para no sentirlo. El café huele por toda la cocina, el desayuno es muy rico y abundante, sé que aguantaré sin comer hasta la tarde. Tengo muchas ilusiones de ser doctora en Antropología. La enseñanza que nos dan indica que somos lo más avanzado de Occidente. Saber que pertenezco al Primer Mundo, me da una sensación de seguridad. Tendré toda mi vida resuelta.

 

  • ¡Me rebelo! dice Anahí, no quiero que me exploten, que tenga que arrodillarme para rasquetear la mugre de los pisos es humillante. Mamá, vos lo hiciste toda la vida porque no te opusiste a nada, fuiste muy obediente, pero yo no quiero. Tampoco me voy a casar para que me mantengan y poder salir de esta casa. Tampoco tendré hijos. Quiero ser otra mujer.

Anahí se mira y sueña, cierra los ojos y se ve en una habitación de una pensión donde vive sola y se prepara para una vida distinta a la de las mujeres de su familia. Camina hacia el centro del pueblo buscando un futuro diferente, luchando por sus sueños.

 

Llevaré un cartel a la marcha del 8 de marzo que diga: “Fin de la Civilización Patriarcal”. Una nueva Civilización está naciendo y nosotras la encabezamos.

 

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